Sobre Papel de Lija

Útiles o importantes (de tesis y otras gollerías académicas)

Juan Carlos Fernández

www.juancarlosfernandez.es

Es cosa sabida que quien siembra vientos suele recoger tempestades. De modo que la tormenta desatada en torno a la tesis doctoral del presidente Sánchez se veía venir. Tal vez si hubiese tenido en cuenta la reflexión de Carlo Schmid, político socialdemócrata alemán, uno de los redactores de la Ley Fundamental de Bonn, no habría sido tan contundente frente a otros. Decía aquel que «todos tenemos en el alma un rincón de basura». Parece prudente pues, en los gélidos ambientes de la política, tener cuidado con lo que se remueve porque cuando tú apuntas otros están buscando munición para dispararte, y si es posible con un calibre más grueso.

Estos son avatares y lances de la política, claro. Lo que pasa es que no por frecuentes dejan de provocar alguna desazón entre quienes observamos, desde la cómoda barrera, la lidia de la cosa pública. Y al escribidor que se inspira en lo que pasa le están fastidiando los últimos episodios. Vamos a ello.

En el Reino Unido han establecido una clasificación (que leo de Juan Eslava Galán, no me vayan a decir que plagio) de las universidades, supongo que según su nivel o su peso en la tradición, no lo recuerdo ahora. Hablan de «hiedra», selecta categoría reservada a Oxford y Cambridge; de «ladrillo rojo» cuando se refieren a las de la época victoriana y, por fin, de «azulejo blanco»: en estas últimas quedan englobadas las que se constituyeron después de la II Gran Guerra. Aquí, la guasa popular seguro que va delimitando otra ordenación: las que expiden títulos de verdad y las de la manga ancha. Esto, qué quieren que les diga, me parece injusto. En primer lugar, por los sufridos estudiantes. En segundo, por las propias universidades. Y en tercer término, y no menos importante, porque al final parece que lo de menos es el conocimiento.

Se pregunta uno si no se habrá puesto de moda una avaricia desmesurada de títulos. Si no buscarán algunos la decoración exuberante de un currículo más que la excelencia. Si para estos últimos será más importante aparentar que saber. Es una cuestión que me lleva a la melancolía. Un servidor, desertor del Derecho y de otras muchas cosas, disfruta aprendiendo lo que le gusta sin tener que acumular diplomas. Me lo puedo permitir. Yo no tengo que competir con nadie ni en términos profesionales ni en ningún otro ámbito. Sanseacabó. Ha sido la curiosidad (y el que me ha dado la real gana) la que me ha llevado a redactar y publicar varios trabajos como investigador no académico –no sé si antiacadémico–, que me han costado años y no poco dinero de mi peculio, y he intentado ofrecerlos al lector con rigor y sin ahorrarle mis puntos de vista, bridándole la posibilidad de, si le apetece, compartir conmigo el disfrute por lo aprendido.

De modo que este es uno de los motivos de mi pesadumbre: la sospecha de que cualquier anónimo atrevido e indocumentado (como un servidor) o estudiante responsable (como tantos miles) puedan pensar que hacen el imbécil porque hay quienes acumulan, bajo la ley del mínimo esfuerzo, prendas decorativas de relumbrón. Afortunadamente, son muchos más lo que han hecho de la dedicación y del sacrificio su herramienta para alcanzar sus títulos y sus cualificaciones profesionales. Ellos son garantía de un futuro mejor para todos, frente a la vanidad rimbombante de quienes están más pendientes del espejo que de su alma.

Siempre tuve por cierto que la universidad es lugar para la búsqueda del conocimiento, no un simple trámite que, debidamente superado, te convierte en alguien y te eleva en el escalafón social. Y que la investigación, en todos sus campos, es fundamental para el progreso humano; nos perfeccionamos cuanto mejor nos conocemos a nosotros mismos y a nuestro entorno. Digo yo, ya puestos, que el esfuerzo que hace la sociedad para formar a sus universitarios debe ser correspondido con un poco de responsabilidad, con una pizca de seriedad y con algunos gramos de deseos de saber. No vaya a ser que tengamos que darle la razón a Churchill cuando sostenía que «el problema no es que los hombres quieran ser útiles, sino importantes.» Me parece.